De repente sonó la alarma que indicaba que debía despertarme, me calcé las mismas zapatillas blancas de siempre, tenía 7 pares distintos, la misma camisa azul de gabardina y el mismo pantalón, hecho de la misma tela y el mismo color que la camisa.
Mi cama era pequeña, entre mis pertenencias estaban, un peine de colores y una foto de Brigitte Bardot, amaba a esa mujer, era mi “super diosa” de la adolescencia, una bincha roja y un medallón con el símbolo de la “paz”, ambos de mis años de rebeldía.
En el lugar había solamente un tocadiscos, a veces nos dejaban pasar música. Entre mis pertenencias también figuraba un disco doble de “Cream”, tenías dos secciones una de “estudio” y otra en “vivo”, me encantaba ese disco.
Como todas las mañanas bajo a tomar el horrendo desayuno, saludé a los muchachos y me senté en el mismo lugar de siempre, cuando hube de terminar nos dirigimos al “play room”, un patio enorme en donde cada uno, día a día, hacía tiempo de ocio.
John tocaba la armónica, “Zeta” tocaba la batería, Alan era el de los teclados, Bill “Crosby”, igual que el músico, era el de la guitarra rítmica, “Flame” era el de los punteos y yo era el del Bajo. El jefe nos había regalado los instrumentos con la premisa de que entretuviéramos a la muchachada. Nos llamábamos “Los Perros sedientos de sangre”, tocábamos una especie de “rhythm & blues” pero más pesado y con guitarras distorsionadas. Siempre quisimos tocar afuera pero nunca pudimos.
Aquella tarde, luego de merodear por el lugar, la banda y yo nos sentamos a almorzar esa pasta húmeda de todos los días.
La tarde pasaba rápido si nos juntábamos a ensayar, a veces nos entreteníamos con alguna actividad propuesta, pero ya no era lo mismo.
Allí había un sujeto que me odiaba, siempre vestía ese aguachento traje gris opaco, sus zapatos siempre lustrados y ese mismo odio en la cara, me miró de resfilón, sabía que no le gustaba mi actitud, le hice una mueca y, sin previo aviso, me golpeó en la cabeza.
Solo recuerdo que aquella tarde amanecí en la enfermería, se acercó otro sujeto en traje gris al que desconocía, me llevó hasta donde estaba el jefe, sentada su izquierda había una señorita a la que reconocía, a sus pies un bebe jugueteaba con sus zapatos rojos escarlata. La muchacha se paró y me beso, el bebé se me acercó y me tomó de las piernas.
Reconstruí, en mi cabeza, aquellas palabras del jefe cuando estaba, ya, afuera del lugar. “Pensar que te perdiste de todo esto por simplemente negarte a hacer el servicio militar”
Juan Pablo Enriquez

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